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Tu deseo, me deshumaniza…

  • 7 oct 2025
  • 1 Min. de lectura

Actualizado: 18 oct 2025

A veces, las miradas pesan más que las palabras, porque no observan a la persona, sino al cuerpo.  La sexualización constante es una forma sutil de despojo: nos roba identidad, silencia la esencia y convierte la existencia en un escaparate. No siempre se nota a simple vista: a veces se disfraza de halago, admiración o incluso de humor. Sexualizar constantemente es una forma silenciosa de violencia. Es una manera de reducir lo complejo a lo superficial, lo humano a lo deseable. Detrás de esas miradas o comentarios, está la carga silenciosa de quien deja de ser persona para convertirse o ser visto como objeto.

Se hace invisible nuestra esencia, nuestra voz, ideas, talentos, logros, emociones y reduce todo a un simple cuerpo.  La sexualización constante no empodera. Al contrario, desgasta, limita y deja cicatrices que no siempre se ven. Hace que nuestra historia no cuente, que nuestra mente y voz no se expresen.


A veces, los sexualizados intentamos poner fin a todo pero romper con esa costumbre cultural implica que la sociedad comience a ver distinto; la sociedad debe reconocer que la belleza no se agota en la piel, ni el valor en la forma ni en las venas o tamaño de las partes del cuerpo. Es necesario devolver humanidad a las miradas y respeto a las palabras porque nadie, absolutamente nadie, debe vivir bajo el peso de ser visto solo desde el deseo, cuando lo que realmente busca es ser visto desde la dignidad.



 
 
 

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