Entre cortinas...
- 8 sept 2025
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Actualizado: 11 sept 2025

Allí estaba, entre cortinas. A su lado, una máquina que marcaba, con un sonido tenue, el ritmo de un corazón algo cansado. Solo observaba una luz blanca brillante, y quizás algo sofocante a la vista, pretendiendo encontrar una respuesta a la interrogante del porqué estaba allí. La rutina, el ajetreo, la existencia, los cambios, la economía o las condiciones de salud lo obligaron a tomar una pausa en un centro no tan adecuado para relajarse y reflexionar. Allí, entre pacientes de salud mental, encamados, personas corriendo, el joven Diego se encontraban entre agujas, muestras de sangre, medicamentos y alguno que otro momento de silencio. Entraban y salían personas de ese pequeño espacio de cortinas. Hablaban y abundaban en terminologías poco alentadoras.
A su lado, su padre se mantenía en silencio con una postura pensativa pero fortalecida. No reaccionaba, no lloraba, tampoco quería que su hijo lo viera rendido en medio de las sugerencias médicas y perspectivas profesionales. En sus manos, quizá algo temblorosa, guardaba un puñal de oraciones.
En un instante, el joven rompe en llanto ante el aviso de la continuidad de estudios con profesionales que brindaban servicios al centro hospitalario. En medio de las noticias y el llanto, su padre tragó saliva y acariciando suavemente la cabeza de su hijo le dijo: “No temas, lo que se haya de enfrentar lo haremos juntos. Los que confían en el Señor renovarán sus fuerzas; Todo va a estar bien."
Tras esas palabras, el joven Diego cerró sus ojos. Se envolvió en esas palabras. Aunque la duda, la angustia y el dolor no desaparecieron, en su interior había un aire de paz. La máquina seguía marcando su pulso. La diferencia es que ya no visualizaba tanto el pulso o las líneas que subían y bajaban, sino que, aun en la duda e incertidumbre, le llegó el recordatorio de que aún había vida, aun había un instante para agradecer un instante más para confiar. Ese joven decidió abrazar el misterio. En su silencio, encontró un respiro que era más fuerte que lo que padecía en ese momento: que el amor de su padre terrenal era apenas un reflejo del amor infinito de Dios, un amor que nunca lo dejaría solo.
“Un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos.” (Efesios 4:6)


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